Infestación u obsesión y la posesión.


Las tres principales actividades diabólicas sobre el hombre son:

 

la tentación,

la infestación u obsesión

y la posesión.

La Tentación

Aunque el lugar propio de los demonios es el infierno, actúan también en este mundo para tentar a los hombres.

 

Que los demonios tientan a los hombres en este mundo consta expresamente en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia.

La Infestación

La simple tentación es la forma más corriente y universal con que ejerce Satanás su acción diabólica en el mundo. Nadie está exento de ella, ni aun los mayores Santos. Pero a veces el demonio no se contenta con la simple tentación, llega hasta la infestación u obsesión y a veces posesión corporal de su víctima. La diferencia fundamental entre ambas formas consiste en que en la infestación la acción diabólica es extrínseca a la persona que la padece, mientras que en la posesión el demonio entra realmente en el cuerpo de su víctima y le maneja desde dentro como el chófer maneja a su gusto el volante del automóvil.

La Posesión

En el Evangelio aparecen varios casos de verdadera y auténtica posesión diabólica, y es precisamente, uno de los caracteres impresionantes de la misión divina de Jesucristo, el imperio soberano que ejercía sobre los demonios.

 1. La tentación

Aunque el lugar propio de los demonios es el infierno, actúan también en este mundo para tentar a los hombres.


Que los demonios tientan a los hombres en este mundo consta expresamente en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia.


Extraordinario

“Revestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo; que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires”

(Efesios 6, 11-12).

“Por esto, no pudiendo sufrir ya más, he mandado a saber de vuestro estado en la fe, no fuera que el tentador os hubiera tentado y se hiciera vana nuestra labor”

(I Tesalonicense 3, 5).

“Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar”

(I Pedro 5, 8).

Concilio IV de Letrán:

“El hombre (Adán) pecó por sugestión del diablo” (D 428).

Concilio de Trento:

“Nuestro adversario, durante toda la vida, busca y encuentra ocasiones para poder de un modo u otro devorar nuestras almas” (D 907).

Santo Tomás:

“Los Ángeles ocupan, por naturaleza, un lugar medio entre Dios y los hombres, y en el plan de la Providencia divina entra el procurar el bien de los seres inferiores por medio de los superiores. Pero Dios procura el bien del hombre de dos maneras: Una, directamente, lo cual ocurre siempre que alguien es atraído al bien o alejado del mal, y esto se hace dignamente por medio de los Ángeles buenos. Otra, indirectamente, y esto ocurre cuando alguien que es combatido se ejercita en rechazar al adversario. Y esta manera de procurar el bien del hombre fue conveniente que se hiciese por medio de los ángeles malos, a fin de que después de su pecado no dejasen totalmente de colaborar en el orden del universo.

Así, pues, los demonios deben tener dos lugares de tormento:

 Uno por razón de su culpa, y este es el infierno; y otro por razón del ejercicio a que someten a los hombres, y para esto deben ocupar la atmósfera terrestre. Pero la obra de procurar la salvación de los hombres durará hasta el día del juicio, y, por tanto, hasta entonces habrá de durar el ministerio de los Ángeles buenos y la guerra que nos hacen los demonios. Por lo mismo, hasta entonces nos serán enviados los Ángeles buenos, y hasta entonces también estarán los demonios en nuestro aire caliginoso para someternos a prueba. Si bien algunos están ya en el infierno para atormentar a los que arrastraron al mal, como también hay Ángeles buenos en el Cielo en compañía de las almas santas.

Mas, a partir del día del juicio, todos los malos, sean hombres o ángeles, estarán en el infierno, y todos los buenos, en el cielo.

(I, q.64, a 4)

II

El demonio se dedica preferentemente a tentar a los hombres. 

El demonio tienta siempre para dañar, induciendo al pecado en una u otra forma. Y en este sentido se dice que tentar es oficio propio de los demonios; porque, aunque también el hombre alguna vez tienta de este modo, lo hace como ministro del demonio. Por eso San Pablo define al demonio como el tentador (I Tesalonicenses 3,5).

Hay que advertir, para nuestro consuelo, que, aunque el demonio dispone de una enorme fuerza de sugestión para seducir al alma inclinándola al pecado, tiene, sin embargo, dos grandes limitaciones:

Hay que advertir 

Para nuestro consuelo, que, aunque el demonio dispone de una enorme fuerza de sugestión para seducir al alma inclinándola al pecado, tiene, sin embargo, dos grandes limitaciones:

a) Una por parte de Dios,

a) Una por parte de Dios,

Que no permitirá jamás que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, como dice expresamente San Pablo.

b) Otra por parte de nuestra voluntad

b) Otra por parte de nuestra voluntad

Ya que ni los Ángeles buenos ni los malos pueden entrar directamente en la fortaleza de nuestro entendimiento ni de nuestra voluntad y, por lo mismo, no pueden obligarnos a pecar si nosotros no queremos rendirnos voluntariamente.

Lo único que puede hacer el demonio

Es alterar de algún modo las potencias inferiores del hombre, o sea, los sentidos externos y la imaginación, mediante los cuales, aunque no se coacciona necesariamente a la voluntad (que siempre permanece libre), se la inclina más o menos al pecado.

 

A veces, sin embargo, los demonios pueden actuar sobre nosotros como enviados de Dios; pero no para inducirnos al pecado (lo cual repugna a la santidad infinita de Dios), sino como instrumentos de su justicia, para infligirnos algún castigo merecido por nuestros pecados. Dios intenta con ello una finalidad buena (v.gr., el arrepentimiento del pecador), aunque el demonio ejecutor lo hace con intención perversa, a saber: por odio o por envidia.

III

No consta en ninguna parte, ni es probable que Satanás asigne a cada uno de los hombres desde el día de su nacimiento un ángel tentador en réplica al Ángel de la Guarda.

 (Doctrina casi común entre los teólogos)

La opinión contraria carece de fundamento suficiente en las fuentes de la Revelación, siendo, además, difícilmente compatible con la bondad y misericordia de Dios. Los lugares de la Escritura que generalmente se citan en apoyo de esta teoría (Io 13, 2; Ps 108, 6; Zach 3, 1; Iob 1-2; II Cor 12, 7) no tienen fuerza probativa.

 

IV

No todos los pecados que cometen los hombres proceden de la instigación inmediata del diablo, sino que algunos provienen del libre albedrío y de la corrupción de la carne. (verdad completamente cierta).

Lo dice expresamente el apóstol Santiago:

 

“Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen” (Iac 1,14).

Al exponer la doctrina teológica Santo Tomás escribe:

De dos modos se puede ser causa de algo: directa o indirectamente.

 

a) Indirectamente, como causa ocasional, produciendo la disposición para el efecto. Y en este sentido el diablo es causa de todos los pecados de los hombres, por haber instigado al primer hombre a pecar, de cuyo pecado se siguió en todo el género humano cierta inclinación a todos los pecados.

 

b) Directamente se dice que el agente es causa de una cosa cuando obra intentándola en sí misma. Y de este modo el diablo no es causa de todos los pecados, porque no todos ellos se cometen por su instigación inmediata, sino que algunos provienen del libre albedrío y de la corrupción de la carne.

 

Por eso, aunque no existiese el diablo, los hombres tendrían el apetito de la gula y de la carne y otros semejantes, a los que acompaña gran desorden si no son refrenados por la razón”. (I, q.114, a 3)

V

Los demonios no pueden seducir a los hombres por medio de verdaderos milagros

 

Pero sí pueden realizar cosas sorprendentes que superan las fuerzas humanas, con el fin de inducir a los hombres al pecado. (Completamente cierta). 


Lo advirtió expresamente Nuestro Señor refiriéndose a los tiempos escatológicos:


“Se levantarán falsos mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aun a los mismos elegidos. Mirad que os lo digo de antemano” (Mt 24,24-25)


Es cosa clara que esos falsos mesías y falsos profetas serán verdaderos demonios o, al menos, obrarán esos prodigios en nombre y con el poder sobrehumano de Satanás.

 


Santo Tomás:

“Tomado el milagro en sentido estricto, no pueden hacerlo los demonios ni criatura alguna, sino sólo Dios; porque, en este sentido, se llama milagro a lo que excede el orden de toda la naturaleza creada, bajo el cual está contenido todo el poder de las criaturas. A veces, sin embargo, se entiende por milagro, en sentido lato, aquello que sobrepasa el poder y el conocimiento de los hombres. Y en tal sentido, pueden los demonios hacer milagros, es decir, cosas que excitan la admiración de los hombres porque exceden su propio poder y conocimiento. Pero adviértase que, aunque tales obras de los demonios, que a nosotros nos parecen milagros, no llegan en realidad a la categoría de tales, son, a veces, cosas verdaderas y reales. Así, por ejemplo, los magos de Faraón hicieron por virtud de los demonios verdaderas serpientes y ranas (cf. Ex 7,12; 8,3).

 

Y cuando cayó fuego del cielo y en un abrir y cerrar de ojos consumió la familia y los ganados de Job, y la tempestad destruyó su casa y mató a sus hijos—cosas que fueron hechos de Satanás (cf. Iob 1, 12 ss), no fueron hechos fantásticos o imaginarios, sino muy reales y verdaderos”. (I, q.114, a 4)

Santo Tomás explica de qué manera pueden los demonios realizar estos hechos prodigiosos:

Como ya vimos, la materia corporal no obedece a la voluntad de los Ángeles, buenos ni malos, para que los demonios por propia virtud puedan hacerla pasar de una forma substancial a otra; pero pueden utilizar ciertos gérmenes que se encuentran en los elementos materiales para producir tales efectos.

Por esto puede decirse que todos los cambios de las cosas corporales que pueden hacerse por cualesquiera virtudes naturales, entre las cuales están los gérmenes susodichos, pueden hacerse por la operación de los demonios, utilizando tales gérmenes; como, por ejemplo, el convertirse ciertas cosas en serpientes o ranas, las cuales pueden engendrarse en la putrefacción.

Pero los cambios de las cosas materiales que no pueden realizarse por virtud de la naturaleza, de ningún modo pueden hacerse en realidad por la acción de los demonios; como, por ejemplo, que el cuerpo humano se convierta en cuerpo de bestia o que un cuerpo muerto resucite. Y si alguna vez parece hacerse esto por virtud de los demonios, será sólo en apariencia, pero no en realidad de verdad.

Este último fenómeno puede acontecer de dos modos:

a) Puede tener su origen dentro del hombre

En cuanto que el demonio es capaz de alterar la imaginación humana e incluso los sentidos externos, hasta tal punto que les haga percibir algo como real, sin serlo.

b) Puede también tener un origen exterior al hombre.

Pues, pudiendo el demonio formar por condensación del aire un cuerpo de cualquier forma o figura para aparecer visiblemente revistiéndose de él, puede del mismo modo revestir cualquier objeto corpóreo con cualquier forma corpórea de modo que se vea dicho cuerpo bajo tal forma. Este es el sentir de San Agustín”. (I, q.114, a 4, ad 2)

Como se ve, el poder de los demonios y el de cualquier otra criatura es únicamente educativo, nunca creativo;


Es decir, que jamás pueden crear u originar totalmente alguna cosa. Todo lo que pueden hacer o producir sensiblemente tiene que estar contenido en la materia y ha de poder ser sacado de ella o producido por las causas puramente naturales. Hasta dónde llegue el poder diabólico dentro de estos límites, no lo sabemos.

Sin embargo, se ha de tener por absolutamente cierto que nunca permitirá Dios que estas obras maravillosas del demonio o de sus agentes sean tales que no haya posibilidad alguna de distinguirlas de los verdaderos y auténticos milagros obrados por Dios o sus agentes en testimonio de la verdad y para la salvación del hombre.

2. La Infestación

La simple tentación es la forma más corriente y universal con que ejerce Satanás su acción diabólica en el mundo.

 Nadie está exento de ella, ni aun los mayores Santos. Pero a veces el demonio no se contenta con la simple tentación, llega hasta la infestación u obsesión y a veces posesión corporal de su víctima. La diferencia fundamental entre ambas formas consiste en que en la infestación la acción diabólica es extrínseca a la persona que la padece, mientras que en la posesión el demonio entra realmente en el cuerpo de su víctima y le maneja desde dentro como el chófer maneja a su gusto el volante del automóvil.

1. Hay infestación u obsesión siempre que el demonio atormente al hombre desde fuera de una manera tan fuerte

 Sensible e inequívoca que no deje lugar a duda sobre su presencia y acción. En la simple tentación no aparece tan clara la acción diabólica; en absoluto, podría obedecer a otras causas. Pero en la verdadera y auténtica infestación u obsesión, la presencia y acción de Satanás es tan clara e inequívoca, que ni el alma ni su director abrigan la menor duda de ello.

3. La obsesión puede ser interna o externa.

La primera afecta a las potencias interiores, principalmente a la imaginación, provocando impresiones íntimas. La segunda o infestación afecta a los sentidos externos en formas y grados variadísimos.

2. El alma conserva la conciencia de su acción vital y motriz sobre sus órganos corporales

(cosa que desaparece en la posesión), pero nota claramente al mismo tiempo la acción exterior de Satanás, que trata de violentarla con una fuerza inaudita.

4. Rara vez se produce sólo la externa,

Ya que lo que el tentador intenta es perturbar la paz del alma a través de los sentidos; pero hay casos en las vidas de los santos en que las más furiosas infestaciones exteriores (apariciones, golpes, etc.) no lograban alterar en nada la paz imperturbable de sus almas.

La obsesión interna.-

La obsesión interna no se distingue de las tentaciones ordinarias más que por su violencia y duración. Y aunque es muy difícil determinar exactamente hasta dónde llega la simple tentación y en dónde empieza la verdadera obsesión, sin embargo, cuando la turbación del alma es tan profunda y la corriente que la arrastra hacia el mal tan violenta que para explicarla sea preciso suponer una excitación extrínseca (aunque nada, por otra parte, aparezca al exterior), cabe pensar en una obsesión íntima diabólica. Esta obsesión íntima puede revestir las más variadas formas. Unas veces se manifestará en forma de idea fija y absorbente sobre la que parecen concentrarse todas las energías intelectuales; otras por imágenes y representaciones tan vivas, que se imponen como si se tratara de las más expresivas y abrumadoras realidades; ora se referirá a nuestros deberes y obligaciones, produciendo hacia ellos una repugnancia casi insuperable, ora se manifestará por la inclinación y vehemente deseo de lo que es preciso evitar, etc.

 

La sacudida del espíritu repercute casi siempre sobre la vida pasional en virtud de las íntimas relaciones que existen entre ambos aspectos. El alma, muy a pesar suyo, se siente llena de imágenes importunas, obsesionantes, que la empujan a la duda, al resentimiento, a la cólera, a la antipatía, al odio y a la desesperación, cuando no a peligrosas ternuras y al encanto fascinador de la voluptuosidad. El mejor remedio contra tales asaltos es la oración, junto con la verdadera humildad de corazón, el desprecio de sí mismo, la confianza en Dios y en la protección de María, el uso de los sacramentales y la obediencia ciega al director espiritual, a quien nada se le debe ocultar de todo cuanto ocurra.

La obsesión externa.-

La obsesión externa y sensible o infestación suele ser más espectacular e impresionante, pero en realidad es menos peligrosa que la interior, a menos que se junte con ella, como ocurre casi siempre. Puede afectar a todos los sentidos externos. Hay numerosos ejemplos en las vidas de los santos.


a) La vista es afectada por apariciones diabólicas las más variadas.

Unas veces son deslumbradoras, agradables, transformándose Satanás en ángel de luz para engañar al alma e inspirarle sentimientos de vanidad, complacencia en sí misma, etc., etc. Por estos y semejantes efectos reconocerá el alma la presencia del enemigo. Otras veces aparece Satanás en formas horribles y amenazadoras para amedrentar a los siervos de Dios y apartarles del ejercicio de las virtudes, como se lee en la vida del Santo Cura de Ars, de Santa Gema Galgani y muchos más. Otras, en fin, se presenta en forma seductora y voluptuosa para arrastrarles al mal, como ocurrió con San Hilarión, San Antonio Abad, Santa Catalina de Siena y San Alfonso Rodríguez.

b) El oído es atormentado con estrépitos y ruidos espantosos 

(Cura de Ars)

Con obscenidades y blasfemias (Santa Margarita de Corteña) o recreado con cantares y músicas voluptuosas para excitar la sensualidad.

c) El olfato percibe unas veces los olores más suaves (sensualidad)

O la más intolerable pestilencia. Hay numerosos ejemplos en las vidas de los santos.

d) El gusto es afectado de muy diversas formas.

A veces, el demonio trata de excitar sentimientos de gula produciendo la sensación de manjares suculentos o licores deliciosos que nunca había probado el sujeto que lo experimenta. Pero lo más frecuente es excitar la sensación de una amarguísima hiel en los alimentos que toma (para extenuar sus fuerzas apartándola del sustento necesario), o mezclando con la comida cosas repugnantes (gusanos, inmundicias de todas clases), o peligrosas de tragar e imposibles de digerir (espinas, agujas, piedras, fragmentos de vidrio, etc.).

e) El tacto,

Difundido por todo el cuerpo, sufre de mil maneras la nefasta influencia del demonio. Unas veces son golpes terribles, como consta históricamente de Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, San Francisco Javier y Santa Gema Galgani. Otras, abrazos y caricias voluptuosas, como cuenta de sí mismo San Alfonso Rodríguez; otras, en fin, permitiéndolo Dios para prueba y provecho de sus siervos, llega la acción diabólica a extremos y torpezas increíbles, sin culpa alguna por parte del que la padece.


La obsesión puede obedecer a múltiples causas:

a) La permisión de Dios,

Que quiere con ella acrisolar la virtud de un alma y aumentar sus merecimientos. En este sentido equivale a una prueba pasiva o noche mística del alma. Desde Job hasta el Cura de Ars puede decirse que no ha habido Santo que no la haya experimentado alguna vez con mayor o menor intensidad.

c) La imprudencia del obsesionado,

Que tuvo el atrevimiento de provocar o desafiar a Satanás como si fuera cosa de poca monta el derrotarle y vencerle. Se cuentan varios ejemplos de esta clase de imprudencias, que las almas verdaderamente humildes no se permitirán jamás.

b) La envidia y soberbia del demonio, 

Que no puede sufrir la vista de un alma que trata de santificarse de veras y de glorificar a Dios con todas sus fuerzas, arrastrando en pos de sí un gran número de almas hacia la perfección o salvación.

d) Aunque más remotamente, puede obedecer también a la propensión natural del obsesionado,

Que da ocasión a Satanás para atacarle por su punto más débil. Esta razón no vale para las infestaciones exteriores, que nada tienen que ver con el temperamento o complexión natural del que las padece; pero es válida para las obsesiones internas, que encuentran el terreno abonado en un temperamento melancólico y propenso a los escrúpulos, inquietudes y tristezas.

En todo caso, la obsesión, por violenta que sea, no priva jamás al sujeto de, su libertad, y con la gracia de Dios puede siempre vencerla y sacar de ella mayores bienes. Únicamente por esto las permite Dios. Es cierto, sin embargo, que, aunque el sujeto obsesionado no pierde la libertad interior, sí pierde muchas veces el dominio de sus potencias y sentidos inferiores, viéndose forzado por impulsos casi incontenibles a decir o hacer lo que no quiere. Es posible, a veces, que la obsesión vaya unida con cierta posesión diabólica parcial.

3. La Posesión

La existencia de la posesión diabólica es un hecho absolutamente indiscutible

Que parece pertenecer al depósito de la fe. En este nuevo ataque del demonio hay una verdadera toma de posesión del cuerpo de la víctima por parte de Satanás. Se puede leer con mucho fruto el capítulo III del libro de Monseñor Cristiani: La presencia de Satán en el mundo moderno.


En el Evangelio aparecen varios casos de verdadera y auténtica posesión diabólica, y es precisamente, uno de los caracteres impresionantes de la misión divina de Jesucristo, el imperio soberano que ejercía sobre los demonios.

 

A todo lo largo de la historia de la Iglesia se han registrado numerosísimos casos de posesión diabólica e intervenciones de gran número de santos liberando a las desgraciadas víctimas. En fin, la Iglesia tiene instituidos los exorcismos oficiales contra Satanás, que aparecen en el Pontifical y Ritual Romano. No se puede, pues, sin manifiesta temeridad y probablemente sin verdadera herejía, negar el hecho real de la posesión diabólica.

 

Desde luego, no hay inconveniente ninguno para ella desde el punto de vista metafísico (no envuelve contradicción), ni físico (no supera las fuerzas del demonio), ni moral (Dios la permite en castigo del pecado o para sacar mayores bienes). La posesión diabólica es un fenómeno sorprendente en virtud del cual el demonio invade el cuerpo de un hombre vivo y mueve sus órganos en su nombre y a su gusto como si se tratase de su propio cuerpo. El demonio se introduce y reside realmente en el interior del cuerpo de su desgraciada víctima y obra en él, habla y lo trata como propiedad suya.


La posesión supone y lleva consigo dos elementos esenciales:


a) La presencia del demonio en el cuerpo de la víctima


b) Su imperio despótico sobre él.

Desde luego, no hay información intrínseca (a la manera que el alma es forma sustancial del cuerpo), sino tan sólo una entrada o toma de posesión del cuerpo de la víctima por el demonio. El imperio sobre él es despótico, pero no como principio intrínseco de sus actos o movimientos, sino tan sólo por un dominio violento y exterior a la sustancia del acto.


“Tal asunción establece una unión semejante a la del motor con la cosa movida, como la del navegante a la nave que dirige, pero no como la que existe entre la forma y la materia” (S.Th., in 2 Sent. d.8 q.l a.2 ad 1).

Esto quiere decir que el Demonio no reemplaza el alma del poseído

No da vida al cuerpo, pero, sin que sepamos cómo, se apodera de ese cuerpo, hace su vivienda en él, pero en todo caso en el sistema nervioso. Le quita pues al alma, su dominio normal sobre el cuerpo y sobre los miembros, imprime a las facciones del rostro una expresión desconocida y que responde a la acción de él, del Demonio; es decir ¡que traduce su cólera, su ira, su orgullo, sus designios o, bajo la flagelación de los exorcismos, sus sufrimientos.

El Demonio parece mirar por los ojos del poseído, hablar por su boca, a tal punto que se sirve de un lenguaje a menudo obsceno e infame, aun mismo cuando su víctima sea una persona delicada y de buena educación, a la cual semejante lenguaje le es totalmente extraño.

Y como los demonios son muchos, como tienen cada cual su carácter propio, imprimen tan claramente su sello particular al poseído que puede adivinarse cuál es el demonio que opera en éste, cuando hay varios dentro de él.

En cualquier forma que se manifieste, la presencia íntima del demonio se circunscribe exclusivamente al cuerpo. El alma permanece libre o, al menos, si por una consecuencia de la invasión de los órganos corporales el ejercicio de su vida consciente se encuentra suspendido, nunca es invadida ella misma. Sólo Dios tiene el privilegio de penetrar en su esencia misma por su virtud creadora y establecer allí su morada por la unión especial de la gracia.

“Estar dentro de algo significa estar dentro de sus términos. Ahora bien, en el cuerpo hay que distinguir los términos de la cantidad y los de la esencia. Cuando un Ángel obra dentro de los términos de la cantidad corporal, penetra dentro de ese cuerpo; pero no de tal modo que esté también dentro de los términos de su esencia, ni como parte de la misma, ni como virtud que le da el ser, porque el ser existe únicamente por creación de Dios. Pero como la sustancia espiritual —o sea, el alma— no tiene términos de cantidad, sino únicamente de esencia, síguese necesariamente que en la misma alma no puede entrar sino Aquel que le da el ser, o sea, Dios Creador, que posee la intrínseca operación de la esencia. Las demás perfecciones del ser son sobreañadidas a su esencia; por eso, cuando un Ángel ilumina a un alma, no significa que el Ángel esté en el alma, sino que obra en ella extrínsecamente”.

(in 2 Sent. d.8 q. 1 a.5 ad 3)

No obstante, la finalidad primaria de las violencias del demonio es la de perturbar al alma y arrastrarla al pecado

Pero el alma permanece siempre dueña de sí misma, y, si es fiel a la gracia de Dios, encuentra en su voluntad libre un asilo inviolable.

En la posesión pueden distinguirse dos períodos muy distintos: el estado de crisis y el de calma.

Los períodos de crisis se manifiestan por el acceso violento del mal, y su misma violencia no permite que sean continuos, ni siquiera muy prolongados. Es el momento en que el demonio se declara abiertamente por actos, palabras, convulsiones, estallidos de rabia y de impiedad, obscenidades y blasfemias verdaderamente satánicas, etcétera.

En la mayor parte de los casos, los pacientes pierden la noción de lo que pasa en ellos durante ese estado, corno ocurre en las grandes crisis de ciertas enfermedades y dolores; y al volver sobre sí mismos no conservan ningún recuerdo de lo que han dicho o hecho o, por mejor decir, de lo que el demonio ha dicho o hecho por ellos. A veces perciben un poco al espíritu infernal al principio de la irrupción cuando comienza a usar despóticamente de sus miembros.

En ciertos casos, sin embargo,

El espíritu del poseso permanece consciente de sí mismo en lo más fuerte de la crisis y asiste con asombro a esta usurpación despótica de sus órganos por el demonio. Tal ocurrió con el piadosísimo P. Surin, que mientras exorcizaba a las ursulinas de Loudun quedó poseso él mismo y permaneció en esta odiosa esclavitud durante doce años.

En una carta interesantísima dirigida al P. D’Attichy, jesuita de Rennes, el 3 de mayo de 1635, le hace una descripción impresionante de su estado interior. He aquí sus palabras:

“Yo no puedo decir lo que pasa en mí durante este tiempo ni cómo ese espíritu se una al mío sin quitarme mi conciencia ni mi libertad. El está allí como un otro yo; parece entonces que tengo dos almas, una de las cuales, privada del uso de sus órganos corporales y manteniéndose como a distancia, contempla lo que hace la otra. Los dos espíritus combaten sobre el mismo campo de batalla, que es el cuerpo.

El alma está como dividida;

 Abierta, por un lado, a las impresiones diabólicas; abandonada, por otro, a sus propios movimientos y a los de Dios. En el mismo instante siento una gran paz bajo el beneplácito de Dios y no consiento nada en esta repulsión, que me impulsa, por otro lado, a separarme de Él, con gran extrañeza de los que me ven.

Estoy al mismo tiempo lleno de alegría y empapado de una tristeza

Que se exhala en quejas o gritos, según el capricho de los demonios. Siento en mí el estado de condenación y le temo; esta alma, extranjera, que me parece la mía, es traspasada por la desesperación como por flechas, mientras que la otra, llena de confianza, desprecia esas impresiones y maldice con toda su libertad al que las despierta.

Reconozco que esos gritos que salen de mi boca parten igualmente de esas dos almas,

Y me es imposible precisar si es la alegría o el furor quien los produce. Ese temblor que me invade cuando se acerca a mí la Eucaristía, viene, me parece, del horror que me inspira esta proximidad y de un respeto lleno de ternura, sin que pueda decir cuál de estos dos sentimientos predomina. Si quiero, solicitado por una de esas dos almas, hacer la señal de la cruz sobre mi boca, la otra alma me retira el brazo con fuerza y me hace coger el dedo con los dientes y morderlo con una suerte de rabia.

Durante estas tempestades,

Mi consuelo es la oración; a ella recurro mientras mi cuerpo rueda por el suelo y los ministros de la Iglesia me hablan como a un demonio y pronuncian maldiciones sobre mí. No puedo expresaros cuan feliz me siento de ser un demonio de esta suerte, no por una rebelión contra Dios, sino por un castigo que me descubre el estado adonde me redujo el pecado; y mientras me aplico las maldiciones que se pronuncian, mi alma puede abismarse en su nada.

 

Cuando los otros posesos me ven en este estado, hay que ver cómo triunfan, diciendo:

 «Médico, cúrate a ti mismo; sube ahora al púlpito: será hermoso oírte predicar después que has rodado así por tierra».

Mi estado es tal, que me quedan muy pocas acciones en las que sea libre.

 Si quiero hablar, mi lengua se rebela; durante la misa me veo constreñido a pararme de repente; en la mesa no puedo acercarme el bocado a mi boca. Si me confieso, se me olvidan mis pecados; y siento que dentro de mí está el demonio como en su casa, entrando y saliendo cuando y como le place. Si me despierto, allí está esperándome; si hago oración, agita mi pensamiento a su capricho.

Cuando mi corazón se abre a Dios, lo llena el demonio de furor; si quiero velar, me duermo; y se gloría por boca de los otros posesos de que es mi dueño, lo que yo no puedo negar en efecto”.

En los períodos de calma,

 Nada hay que manifieste la presencia del demonio en el cuerpo del poseso. Diríase que se fue. Sin embargo, su presencia se manifiesta muchas veces por una extraña enfermedad crónica que rebasa por su excentricidad las categorías patológicas registradas por la ciencia médica y resiste a todos los remedios terapéuticos.

De todas formas, la posesión no es siempre continua,

 Y el demonio que la produce puede salir durante algún tiempo, para volver después y continuar sus odiosas vejaciones. No estando ligado por ningún otro lazo que su propio querer, se comprende que el demonio pueda entrar y salir a su gusto mientras dure la licencia divina necesaria para la posesión.

Lo esencial a la posesión, según el cardenal De la Bérulle:

“consiste precisamente en un derecho que tiene el maligno espíritu de residir en un cuerpo y de actuarle de alguna manera, ya sea que la residencia y alteración sea continua o interrumpida, ya sea violenta o moderada, ya lleve consigo solamente la privación de algún acto y uso debido naturalmente a la naturaleza o que lleve adjunto un tormento sensible”.

Con frecuencia

 Sucede ser muchos los demonios que poseen a una misma persona. El santo Evangelio dice expresamente que María Magdalena fue liberada por Cristo de siete demonios (Mc 16,9); y eran «legión» los que se apoderaron del endemoniado de Gerasa, que entraron después en la piara de los dos mil cerdos (Mc 5,9-13). Estos ejemplos evangélicos se han multiplicado después a todo lo largo de la historia.