

Jesús cabeza de un cuerpo místico, o fuente de vida
Hállase sustancialmente esta doctrina ya en aquellas palabras de Nuestro Señor: «Ego sum vitis, vos palmites, Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. » Afirma realmente que recibimos nosotros de él la vida nuestra como los sarmientos de la vid recíbenla de la cepa a la que están unidos. Hace resaltar esta comparación la comunidad de vida que existe entre Nuestro Señor y nosotros; de aquí pásase fácilmente al concepto del cuerpo místico, en el que Jesús, como cabeza, transmite la vida a los miembros. S. Pablo es quien más insiste sobre esta doctrina tan fecunda en resultados.
En un cuerpo es menester una cabeza, un alma y miembros. Éstos son los tres elementos que vamos a considerar, siguiendo las enseñanzas del Apóstol.
1º La cabeza cumple en el cuerpo humano un triple oficio:
De preeminencia, porque es la parte principal del cuerpo; de centro de unidad, porque junta en uno y gobierna todos los miembros; de influjo vital, porque de ella procede el movimiento y la vida. Esta triple función ejerce Jesús en la Iglesia y en las almas.
a) Tiene ciertamente la preeminencia sobre todos los hombres:
Porque, por ser hombre Dios, es el primogénito de todas las criaturas, el objeto de las divinas complacencias, el modelo acabado de todas las virtudes, la causa meritoria de nuestra santificación, él, que, por sus propios méritos, ha sido exaltado por encima de toda criatura, y ante el cual ha de doblar la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los infiernos.
b) Es en la Iglesia el centro de unidad.
Dos cosas son esenciales en todo organismo perfecto: la variedad de órganos y de funciones que éstos ejecutan, y la unidad de todos ellos en un principio común; sin estos dos elementos no será sino un conglomerado de seres vivos sin nexo alguno orgánico. Este oficio cumple Jesús que, luego de haber establecido en la Iglesia la variedad de órganos con la institución de la jerarquía, sigue siendo el centro de unidad, porque, como jefe invisible pero real, comunica a los jefes jerárquicos la dirección y el movimiento.
c) Es también el principio de influjo vital que anima y vivifica todos los miembros.
Aun en cuanto hombre recibió la plenitud de gracia para comunicárnosla a nosotros: «Vidimus eum plenum gratiae et veritatis... de cujus plenitudine nos omnes accepimus, et gratiam pro gratiâ» . ¿No es él en verdad la causa meritoria de todas las gracias que recibimos, y que nos reparte el Espíritu Santo? Con razón, pues, afirma rotundamente el Concilio de Trento la acción e influjo vital de Cristo en los justos: «Cum enim ille ipse Christus tanquam caput in membra.. in ipsos justificatos jugiter virtutem influat»
2º Ha menester el cuerpo no solamente de una cabeza, sino también de un alma
El Espíritu Santo (o sea, la Santísima Trinidad designada con el nombre de la tercera Persona) es el alma del cuerpo del que Jesús es la cabeza; él es verdaderamente quien derrama en las almas la caridad y la gracia, que nos mereció Nuestro Señor: «Caritas Dei diffusa est in cordibus nostris per Spiritum Sanctum qui datus est nobis» . Por esto se le llama Espíritu que vivifica: «Credo in Spiritum.. vivificantem.» Por esto dice S. Agustín que el Espíritu Santo es, con respecto al cuerpo de la Iglesia, lo que el alma es para el cuerpo nuestro: «Quod es¡ in corpore nostro anima, id est Spiritus Sanctus in corpore Christi quod est Ecc1esia». Esta frase ha sido consagrada por León XIII en su Encíclica sobre el Espíritu Santo. El divino Espíritu distribuye además los carismas: a unos los discursos de ciencia o la gracia de la predicación; a otros el don de milagros; a éstos, el don de profecía; a aquellos, el don de lenguas, etc.: «Haec autem omnia operatur unus atque idem Spiritus, dividens singulis prout vult»
Esta doble acción de Cristo y del Espíritu Santo, lejos de estorbarse, se completan. El Espíritu Santo nos es dado por Cristo. Cuando Jesús vivía sobre la tierra, poseía en su alma santísima la plenitud del Espíritu; con sus obras y, sobre todo, con su pasión y muerte, ha merecido que nos fuera comunicado el Espíritu Santo; a él, pues, debemos, el que venga a nosotros el Espíritu Santo para comunicarnos la vida y las virtudes de Cristo, y hacernos semejantes a él. Así queda todo entendido: sólo Jesús, por ser hombre, puede ser cabeza de un cuerpo místico compuesto de hombres; porque la cabeza y los miembros han de tener la misma naturaleza; mas, en cuanto hombre, no puede por sí mismo conferir la gracia necesaria para la vida de sus miembros; súplelo el Espíritu Santo cumpliendo ese Oficio; mas, porque lo hace en virtud de los méritos del Salvador, bien podemos decir que el influjo vital procede de Jesús hasta llegar a sus miembros.
3º ¿Quiénes son, pues, los miembros de ese cuerpo místico?
Todos los bautizados. Por el bautismo somos incorporados a Cristo, dice S. Pablo: «Etenim in uno Espíritu omnes nos in unum corpus baptizati sumus». Por eso añade que hemos sido bautizados en Cristo, y que por el bautismo nos revestimos de Cristo, o sea, participamos de las disposiciones internas de Cristo; lo que explica el Decreto a los Armenios diciendo que por el bautismo nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia: «per ipsum (baptismum) enim membra Christi ac de corpore efficimur EccIesiae»
LAS TRES VÍAS DE LA MISTICA
LAS TRES VÍAS PARA LA UNIÓN BEATÍFICA
Para la unión del alma con Dios se establecía el seguimiento de tres vías, procedimientos, pasos o fases, según el Tratado espiritual de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva [i]de Bernardo Fontova (Valencia, 1390-1460).
1- Vía purgativa (purgatio):
Vía purgativa (purgatio)
El alma se purifica de sus vicios y sus pecados mediante la penitencia y la oración. Las atracciones por sí mismas no tienen por qué ser malas pero sí lo es el apego o gusto que provocan en la memoria, porque la impide orientarse plenamente hacia Dios. La privación corporal y la oración son los principales medios purgativos.
2- Vía iluminativa (illuminatio):
Vía iluminativa (illuminatio):
Una vez purificada, el alma se ilumina al someterse total, única y completamente a la voluntad de Dios. El demonio tienta entonces y el alma debe soportar todo tipo de tentaciones y seguir la luz de la fe confiando en ella y sin engañarse mediante una continua introspección en busca de Dios. Pero ha de ser humilde, ya que si Dios no quiere, es imposible la unión mística, pues la decisión corresponde a Él.
3- Vía unitiva (unio):
Vía unitiva (unio):
El alma se une a Dios, produciéndose el éxtasis que anula los sentidos. A este punto sólo pueden llegar los elegidos y es muy difícil describirlo con palabras porque el pobre instrumento de la lengua humana, ni siquiera en forma poética, puede describir una experiencia tan intensa: se trata de una experiencia inefable. El hecho de haber alcanzado la vía unitiva puede manifestarse con los llamados estigmas o llagas sagradas (las heridas que sufrió Cristo en la cruz), con fenómenos de levitación del santo y con episodios de bilocación (es decir, encontrarse en varios lugares al mismo tiempo). El santo, porque ya lo es al sufrir este tipo de unión, no puede describir sino sólo aproximadamente lo que le ha pasado.

Vía purgativa
La vía purgativa consiste en la purgación de la memoria, entendida como potencia del alma, para limpiarla de los apegos sensitivos que provienen del cuerpo. En palabras de San Juan de la Cruz:
Hay que perder el gusto por el apetito de las cosas.
El apetito como tal no tiene por qué ser malo pero sí lo es el apego o gusto que provoca en la memoria, porque la impide orientarse plenamente hacia Dios. La privación corporal y la oración son los principales medios purgativos. El estado en que se sume la memoria se llama esperanza.
San Juan de la Cruz
Vía iluminativa
La vía iluminativa consiste en la elevación del entendimiento hacia Dios, entendido como potencia del alma. Una vez limpio el entendimiento de toda relación con las criaturas queda vacío para entregarse a la sabiduría oscura o sabiduría secreta que se sabe sin necesidad de entender, experiencia que en la mística se llama Fe.
San Juan de la Cruz
Vía unitiva
La vía unitiva consiste en la purificación de la voluntad, entendida como potencia del alma. En ella el alma alcanza el grado más perfecto de la unión con Dios, ya que ha vaciado su propia voluntad, lo más suyo para entregarla a Dios. Es es el grado más perfecto de la caridad.
San Juan de la Cruz
Charla sobre exorcismo.
Padre Raimundo Mena (Chile).
El Padre Raimundo Mena relata en su testimonio que no era de su interés el exorcismo, siendo desconocido para su apostolado hasta que estando de misión en Brasil le hicieron una brujería al grupo al que pertenecía, pero no tuvo ningún efecto sobre ellos ya que el mal le rebota a los brujos generándoles el daño que querían hacer , se entera de esto cuando los brujos fueron a confesar lo que hicieron pidiendo que les quiten la brujería, confesando el poder de Dios. Es el comienzo de su misión como Sacerdote Exorcista.
GUÍA DEL ORANTE SEGÚN SANTA TERESA:
Los grados de oración y el Castillo Interior
Invitación a recorrer el alma como morada de Dios, reconociendo dónde uno se encuentra y cómo seguir avanzando en humildad, amor y verdad.
1. Oración activa: comienzo del camino
2. Oración de recogimiento: interiorización y deseo
Grado: Oración vocal y meditación
Moradas: Primeras y Segundas
Signos vivenciales:
- La oración exige esfuerzo y constancia.
- El alma se distrae con facilidad, pero desea buscar a Dios.
- El dolor por el pecado se convierte en motivación.
Claves de discernimiento: - ¿Busco la presencia de Dios en mi oración, o cumplo por hábito?
- ¿Lucho contra distracciones o me resigno a ellas?
Virtudes a cultivar: Perseverancia, sinceridad, contrición.
Grado: Recogimiento activo e infuso
Moradas: Terceras
Signos vivenciales:
- Se siente atracción por la oración silenciosa y profunda.
- Comienza una búsqueda interior de Dios.
- Aumenta el gusto por la vida espiritual y los textos contemplativos.
Claves de discernimiento: - ¿Mi oración nace del deseo de amar más que de entender?
- ¿Siento que Dios empieza a actuar en mí más allá de mis esfuerzos?
Virtudes a cultivar: Humildad, obediencia, recogimiento.
3. Oración de quietud: paz que embriaga el alma
4. Oración de unión: transformación en Dios
Grado: Quietud mística
Moradas: Cuartas
Signos vivenciales:
- Presencia de gustos espirituales y serenidad interior.
- La voluntad se une a Dios, aunque las otras potencias aún divaguen.
- La oración se vuelve más contemplativa, menos discursiva.
Claves de discernimiento: - ¿Hay momentos en que el alma se aquieta sin esfuerzo?
- ¿Siento paz en medio de las turbaciones del día?
Virtudes a cultivar: Silencio interior, gratitud, abandono.
Grado: Unión mística
Moradas: Quintas, Sextas y Séptimas
Signos vivenciales:
- Breves pero intensas experiencias de Dios.
- Las potencias quedan suspendidas: sólo el amor permanece.
- La oración produce frutos concretos en el vivir: paz, servicio, libertad interior.
Claves de discernimiento: - ¿Mi vida expresa lo que mi alma contempla?
- ¿Siento que Dios obra en mí más allá de lo que puedo explicar?
Virtudes a cultivar: Amor desinteresado, desapego, fidelidad.
Recomendaciones para el orante
- Humildad y paciencia: El crecimiento no se fuerza, se acoge.
- Diario espiritual: Llevar registro de lo vivido en la oración, sin afán de control.
- Guía espiritual: Buscar acompañamiento para discernir sin autoengaños.
Virtudes como señal: El verdadero avance se mide en caridad, humildad y perseverancia
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Camino transversal: entre las moradas
Cada etapa puede contener luces y sombras. No hay rigidez, pero sí signos para escuchar con atención. Las pruebas, noches y consuelos que atraviesa el orante forman parte del crecimiento. Santa Teresa recuerda: “Mientras más se ama, más se padece; mas el padecer por amor es deleitoso.”
Recursos para enriquecer el discernimiento
- Lectura orante del Libro de la Vida (caps. 11–22)
- Fragmentos del Camino de Perfección (especialmente caps. 26–34)
- Las Moradas como mapa espiritual en diálogo con la propia experiencia
- Textos bíblicos sugeridos: Salmo 63, Juan 15, Filipenses 3
- Ejercicio práctico: Diario espiritual con nota sobre la oración, frutos, emociones y respuestas interiores
Consagración individual al Inmaculado Corazón de María
Oh, Virgen mía, Oh, Madre mía,
yo me ofrezco enteramente a tu Inmaculado Corazón
y te consagro mi cuerpo y mi alma,
mis pensamientos y mis acciones.
Quiero ser como tú quieres que sea,
hacer lo que tú quieres que haga.
No temo, pues siempre estás conmigo.
Ayúdame a amar a tu hijo Jesús,
con todo mi corazón y sobre todas las cosas.
Pon mi mano en la tuya para que esté siempre contigo.
Consagración del hogar y la familia al Inmaculado Corazón de María
¡Oh Virgen María!, queremos consagrar hoy nuestro hogar y cuantos lo habitan a vuestro Purísimo Corazón.
Que nuestra casa, como la tuya de Nazaret, llegue a ser un oasis de paz y felicidad por:
- el cumplimiento de la voluntad de Dios,
- la práctica de la caridad,
- y el abandono a la Divina Providencia,
¡Que nos amemos todos como Cristo nos enseñó!. Ayúdanos a vivir siempre cristianamente y envuélvenos en tu ternura.
Te pido por los hijos que Dios nos ha dado (se citan los nombres) para que los libres de todo mal y peligro de alma y cuerpo, y los guardes dentro de Tu Corazón Inmaculado. Dígnate, Madre nuestra, transformar nuestro hogar en un pequeño cielo, consagrados todos a vuestro Corazón Inmaculado. Amén.
¡Corazón Inmaculado de María, sálvanos!
Medalla de San Benito
Las letras que se encuentran en la medalla son:
«C.S.P.B.» (Crux Sancti Patris Benedicti), que significa «La cruz del Santo Padre Benito». Estas letras hacen referencia a San Benito de Nursia, quien fue un santo cristiano del siglo V y es considerado el padre de la vida monástica en Occidente.
Otras letras que aparecen son:
«C.S.S.M.L.» (Crux Sacra Sit Mihi Lux), que significa «La Santa Cruz sea mi luz». Esta frase hace alusión a la importancia de la cruz como símbolo de salvación y protección en la fe cristiana.
También encontramos las letras:
«N.D.S.M.D.» (Non Draco Sit Mihi Dux), que se traduce como «No sea el dragón mi guía». Esta frase representa la lucha contra el mal y la importancia de confiar en Dios como nuestro guía y protector.
Otros símbolos que se encuentran en la medalla son:
La imagen de San Benito, la cruz, las letras «PAX» (paz) y la fecha de su muerte.
